Buscando similitudes: El Impresionismo y la Nouvelle Vague como maneras bellas de entender la vida
- Revolcasmo

- 1 dic 2020
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 3 jun 2023
Siempre he tenido una especial debilidad con las cosas del querer; con los pequeños detalles de la vida y con todo aquello que conforma nuestro yo más humano. Sin ir más lejos, amo el cine de Krzystof Kieslowski porque habla de la vida con un lenguaje bello, sensible e hipnótico. Me gustan los detalles porque ahí es donde se esconde lo que somos, o lo que queremos ser o, quién sabe, lo que algún día fuimos. Y a mí, que la vida me parece hilarante y maravillosa, una carcajada descolocada o el doble sentido de las palabras me atrapan como un caramelo atrapa a un niño. También me gusta lo que muta porque ello quiere decir que estamos en constante cambio. Me gusta saber que puedo cambiar, que no siempre seré la misma y que depende de la perspectiva desde la que se me mire no seré yo sino otra, pero siempre yo. Quizá esto perfile porque, desde bien temprano, la Nouvelle Vague y el Impresionismo, cada uno con lo suyo, me han fascinado y encandilado. La idea de que un cuadro impresionista puede cambiar por completo desde según dónde lo mires o los diálogos de la Nouvelle Vague como libro para entender la vida, conformaron desde temprana edad parte de lo que hoy en día soy. Me gusta creer que somos un puzzle hecho de diversas piezas que vienen de lugares diferentes de nuestro imaginario.
La guerra franco-prusiana (1870-1871) y la proclamación de la III República dejarán como consecuencias, en 1873, una crisis económica pero también la creación de la cooperativa “Sociedad de artistas pintores, dibujantes, escultores y grabadores” crucial para el movimiento Impresionista. Esta sociedad tendrá como finalidad la organización de exposiciones libres, la venta de las obras expuestas y la publicación de un periódico dedicado exclusivamente a las artes. Y, desde ahí, surgirá el movimiento Impresionista. Decía Cézanne que el Impresionismo al representar escenas desde fuera, las oposiciones sobre los terrenos son asombrosas y el paisaje es magnífico. De modo que sí, podemos afirmar que los impresionistas estaban buscando un lenguaje nuevo.
El pintor reflejará lo que ve y siente. El paisaje se convierte así en el tema fundamental y el color en su medio de expresión. En el centro de gravedad se encontraba la vida cotidiana, sobre todo la realidad de la propia clase social, en la medida en que era bella y alegre. También descubrieron que se puede ofrecer una impresión más intensa y clara de un color cuando se disponen muy juntas sobre la superficie del cuadro manchas de otros colores puros, que solo se “mezclan óptimamente” en los ojos del observador. Por eso solían decir esporádicamente que el objeto elegido como tema carecía de importancia. La impresión se entiende como consecuencia de la supeditación a los cambios atmosféricos y lumínicos e implica fugacidad, captar el destello lumínico y, por tanto, pintar con rapidez. Las obras ya no se realizarán en el estudio sino al aire libre y esto hará que cambien la forma de trabajo y dimensiones de los lienzos. En el Impresionismo, la luz es movimiento, variación y lo que da vida. Monet, por ejemplo, llega a pintar más de doscientos cuadros en los que los nenúfares estarán supeditados a los diferentes cambios atmosféricos y de luz. En La escarcha, de Pissarro (criticada duramente tanto por su técnica como por carecer de temática), el pintor busca darnos la impresión que dejaban los reflejos de la luz en un campo lleno de escarcha.
Por su lado, muchos años después y nada que ver con la pintura, la Nouvelle Vague, tan canónica y comprometida a su propia historia, fue, realmente, un experimento entre unos pocos amigos. Roger Vadim, que desafiaba tabúes de la generación precedente (sobre todo en lo concerniente a erotismo y sexualidad) en Y Dios creó a la mujer (1956), no se dio cuenta, pero también supuso uno de los antecedentes a la Nouvelle Vague. Así como el Impresionismo contó con un medio de propagación, también la Nouvelle Vague pues Cahiers du Cinema fue el pilar teórico y órgano difusor del grupo. Todos se formaron como críticos, no habían pasado por ninguna escuela, habían aprendido el cine desde las butacas, lo habían criticado, habían dicho qué se debía hacer, y, finalmente, pasaron a poner sus ideas en práctica. La Nouvelle Vague puso el cine en la calle. Después entró en el cuarto, en el baño y en la cocina.
La crisis del sistema de estudios, la feroz competencia televisiva y las transformaciones sociales del espectador entre otras muchas razones, propició la aparición de una serie de movimientos identificados, prácticamente en todo el mundo, pero con especial insistencia en Europa, con una idéntica voluntad de ruptura. Fruto de una coyuntura nacional determinada –De Gaulle y el nacimiento de la V República, los últimos tiempos de la guerra de Argelia, la llegada de la “sociedad de consumo”, etc-, la Nouvelle Vague fue más que ningún otro un movimiento capaz de elevarse más allá de sus circunstancias propias para alcanzar resonancias internacionales y prolongarse como modelo del tiempo. Si se toma como referencia la edición del festival de Cannes de 1959, en la cual Orfeo negro de Marcel Camus obtuvo la Palma de Oro, François Truffaut recibió el premio al mejor director por Los 400 golpes y, además, se proyectó Hiroshima mon amour, podríamos decir que 1959 es una fecha oportuna para hablar del nacimiento de la Nouvelle Vague. Decía Truffaut en 1961 que la Nouvelle Vague no es un movimiento, ni una escuela, ni un grupo, es una cantidad, es una denominación colectiva inventada por la prensa para agrupar una cincuentena de nombres de nuevos directores que han surgido en dos años.
Las películas de la Nouvelle Vague son, por encima de todo, un canto a lo íntimo y a lo personal, narradas en forma muy directa y con medios técnicos sencillos. Suponen, también, un nuevo sentido de la construcción fílmica de lo real. Decía Serge Denay que el movimiento supone la calle contra el estudio, la invención o el suceso contra la adaptación literaria de lujo, el relato en primera persona contra el guion, la luz del día contra las sombras y las luces de los focos, el descuido irresponsable y un poco dandi contra la seriedad llena de sosiego y el pesimismo oficial del cine establecido, actores jóvenes y desconocidos contra los monstruos sagrados ya envejecidos, la idea de que el cine es pasión más que aprendizaje y que a hacer un filme se aprende más mirándolos con los propios ojos que no haciendo de ayudante de dirección.
Con la Nouvelle Vague, al igual que ocurría con el arte del Impresionismo, el cine salió a la calle fuera de la comodidad de los estudios recuperando, así, la inmediatez documental. Ahora importan el novio, el bar, el colegio y se comportan, además, como figuras cruciales y de interés. Estamos ante gente corriente, como el Impresionismo pintaba paisajes corrientes, pero se retrata con una nueva intensidad pues ambos movimientos suponen una ruptura total contra toda convención. Mostrar, poner en escena y representar serán tres términos fundamentales para definir la naturaleza lingüística de una escritura cinematográfica que buscaría la complicidad de otros medios de expresión artísticos para redefinir el espacio y el tiempo delimitados por la pantalla.
La nueva ola, antes de ser un estilo o una moral es un sistema de producción artesano, en decorados naturales, sin “vedettes”, con equipo mínimo, con película ultrarrápida, sin anticipo de distribución, sin autorización oficial, sin obligación ni servidumbre algunas -Jean Paul Melville.
No cabe duda alguna de que la Nouvelle Vague y el Impresionismo cambiaron las reglas del juego y por ende el lenguaje y la manera, por qué no, de entender la vida. El impresionismo aspiraba a plasmar la luz y el instante convirtiendo el exterior en lo más importante y justamente será esta volatilidad del instante lo que propicie los cambios de forma según la luz que le dé. Por otra parte, la Nouvelle Vague sale a la calle para contarle al mundo que esas charlas mundanas sin aparente importancia son más importantes que cualquier otra cosa. Porque hay revoluciones que suponen un cambio en la cultura. Porque hay revoluciones que se convierten en imprescindibles. En Jacques Rivette: Le veilleur, el episodio para Cinéma, de notre temps dirigido por Claire Denis en 1990, el director de La Bande des quatre (1988) traza un acertado paralelismo entre el nacimiento de la Nouvelle Vague y el advenimiento del Impresionismo en la pintura. Su condición de acontecimiento fundacional de la modernidad viene dada para ambos tanto por su ruptura con el pasado como por su capacidad para abrir caminos por los que transitarán en las décadas siguientes una miríada de artistas. También yo encuentro ciertos paralelismos entre sendos movimientos pues ambos transitan por la vida con la mirada del que quiere vivirla y no solo retratarla desde la distancia y la frialdad. Me pregunto si Godard, cuando retrataba a Ana Karenina en Vivre sa Vie (1962) conocía de El bar del Folies-Bergère de Manet (1881-1882). La manera en la que el cineasta enmarca a la actriz en un momento específico del film guarda cierta relación desde un punto de vista técnico con la obra póstuma de Manet donde el Realismo y el Impresionismo se dan la mano. La pintura fue exhibida con gran éxito en el Salón de 1882 y representa uno de los bares más lujosos de París, que formaba parte del conjunto de lugares donde la prostitución estaba a la orden del día.


Amo la Nouvelle Vague, así como amo al Impresionismo porque ambos van al meollo del asunto, aunque uno piense que se pierden en cómo narran la historia. Van a contar las cosas esenciales, bonitas y dolorosas de la vida. A ese paseo matutino que solo unos privilegiados pueden dar, a la puesta de sol después de un día glorioso de playa, al bullicio de una tarde lluviosa de sábado en cualquier pub. Al dolor y al vivir. Porque hay algo de magia y alegría cuando se rompen según qué reglas.



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