FINALES DE SERIE HONESTOS Y MÁGICOS
- Revolcasmo

- 27 may 2020
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 3 jun 2023
No cabe duda de que la vida la medimos en series. El otro día descubrí la plataforma Ororo y qué despilfarro. Bueno, miento. Hace cosa de un año una chica muy maja me la recomendó y yo, con mi cabeza de loca, la olvidé. Días atrás se la vi a una influencer, que yo no entiendo de esas cosas del Instagram, pero vaya que ahí estaba. Y oye, de cabeza me fui. Que si Killing Eve, que si This is Us, que si Black Books… Y ya ni os cuento de los clásicos. De los grandes clásicos. Que The Wire o Six Feet Under son a las series lo que Hitchocock, Orson Wells o Truffaut al cine de verdad. No me vengan a decir que entienden de cine o de series si no han visto algo de esto. Y ojito, no quiere decir que el que lo haya hecho entienda mucho. La vida es así de complicada y fácil a partes iguales.
Una serie dura años y durante ese extenso período nos hace emocionar, pensar, reflexionar, reír y llorar. Son años de una subjetivación serializada, repetida semanalmente, reproducida anualmente, sobre la que se pone toda la inquietud de sí durante prolongados períodos de tiempo, en los que empatizamos u odiamos tanto a un personaje que ya lo consideramos. Así que sí, un buen final tiene que ponerte la piel de gallina y tiene que hacerte temblar como el buen sexo.
Siempre he dicho que el final de una serie se tiene que disfrutar. Esto es, si vas a ver el último capítulo de esa serie en la que tanto has invertido y tanto te has cabreado, te tienes que sentar sin distracción ninguna. El capítulo no se pausa y se contempla rodeado de comida. Mucha comida. Las series se han convertido en el producto cultural audiovisual más importante del mundo, no solo en términos económicos sino también ético-culturales y al final le pedimos que sea perfecto y que sacie nuestro apetito.
A nadie le gusta hablar de finales porque desde hace tiempo vivimos en una etapa, y no lo digo yo sino Lipovetsky, en la que nos cuesta poner fin a las cosas. Sin ir más lejos, cambiamos de móvil antes de que muera porque no sabemos decir adiós. Recuerdo que tuve que esperar meses para ver el final de Breaking Bad ya que no quería que la pantalla se quedase en negro. Los finales son una experiencia mágica a la que el espectador se enfrenta. Se llevan una parte de uno –aquella que le hemos entregado a la serie. Así que es de suponer que, después de ese largo viaje, esperemos un buen resultado. Y, el resultado que esperas, depende mucho del tiempo que inviertas en la serie.
SIX FEET UNDER (A dos metros bajo tierra) – Allan Ball, (2001 - 2005). “Everyone´s waiting”.
Su final es la vida misma. Y la vida, como vida en sí, duele. De modo que el final de Six Feet Under se convierte en una punzada al estómago. Leía yo un artículo el otro día en JotDown que decía que llorar no es llorar: llorar es ver el final de la serie de Alan Ball para HBO. La cumbre absoluta de la manipulación emocional. El clímax lacrimógeno definitivo. ¡Y razón no le faltaba! No existirá jamás una serie que hable de la vida como ésta. A menudo me encuentro buscándola en otras partes como cuando has sufrido el desengaño del amor y buscas lo que tenías por doquier. Pero grandes amores no se repiten. Six Feet Under, pues, establece una relación intensa con el espectador. A dos metros bajo tierra representa el gran miedo del ser humano occidental a morir. Aquí, la muerte se presenta de forma brutal, franca, honesta, hilarante y sincera. Porque, al fin y al cabo, tal como se titula el último episodio: todos nos están esperando.
En su catártico final, Claire nos lleva de viaje como nos ha llevado a lo largo de la serie y, mientras ella le dice adiós a todo el mundo, nosotros tenemos la cara empapada en llanto duro. Le reconcilia a uno con el paso del tiempo y con ese maldito todo llega. Yo, que no puedo ahora escuchar el Breath Me de Sia sin encogerme un poquito en el sofá. Y me encojo porque Six Feet Under supo, con maestría, convertir lo cotidiano en algo mágico y burbujeante. Tengo que admitir que me encanta la cocción lenta de la serie de Alan Ball porque casi ningún director ha sido lo suficientemente valiente como para hablarnos de la vida sin temor a su belleza dolorosa.
El final de A dos metros bajo tierra es, probablemente, de los mejores minutos en la historia de la televisión. Es un canto a la vida en su más trágico modo.

THE WIRE - David Simon, (2002-2008). “30”.
A veces me pregunto qué carajo se puede decir de The Wire que no se haya dicho antes. Sin premios ni alta audiencia, es un milagro que la serie arrastre a sus espaldas cinco [deliciosas] temporadas. Su mito comenzó a crecer tras su fin, como el buen vino y los buenos rockstars. Primero, cuando salió en DVD y, luego, cuando las listas de mejores series comenzaron a ubicarla en el top. Doce años después, la ficción ha encontrado en el aislamiento social (este lockdown que vivimos desde hace unos meses) un aliado para su resurrección. ¿Por qué vale la pena verla? Es increíble que una serie tenga que terminar para que se proclame ganadora. Qué caso más curioso el de The Wire.
Ambientada en Baltimore y centrada en diferentes aspectos de la ciudad, es una serie policial que muestra de modo realista lo que pasa en las calles con personajes bien reales que le aportan todo el color que la gris y olvidada Baltimore perfila. Su apuesta por una trama coral, sin un protagonista, también descolocó en su momento a la audiencia, así como la ausencia de cliffhangers en el final de cada capítulo. Tampoco se resuelven la mayoría de los casos. Su dureza y modo de narrar, con escenas más largas de lo habitual, exigen compromiso del televidente. Pero The Wire proyecta enormes cantidades de información al espectador no solo en la narración visual sino también en los diálogos.
Supone el relato audiovisual más completo de la historia de la ficción televisiva y esto no admite duda. Y su final es un círculo redondo hecho con el mayor de los orgasmos. Su final muestra, sin trampa ni cartón, lo difícil que supone salir de la rueda y de cómo la historia se repite, decía Marx parafraseando a Hegel, primero como tragedia y después como farsa. Te dice también que hay personas que no pueden cambiar ni abandonar su esencia. Si Six Feet Under era corazón, The Wire será la racionalidad de un mundo en el que no todo es bellamente doloroso. Es la cara más dura de la moneda. Su final, a través de la mirada de McNulty, es honesto y congruente. Y termina como empezó, pero con otros personajes. Las drogas, el trabajo, la política, la educación y, finalmente, la prensa. Tras sesenta capítulos, McNulty para su coche a las afueras de la ciudad y la observa. Haciendo un guiño a la primera temporada, su mirada nos conduce por Baltimore y vemos cómo se cierran o se abren las historias de los protagonistas. The Wire es un producto de culto que no creo que se consiga nunca jamás y su final es un broche de oro que brilla solo.
En el final de The Wire no habrá malos en la cárcel o el triunfo del bien sobre el mal porque, como ya hemos dicho antes, es real como la vida que no todos hemos vivido. Gracias David Simon por ser fiel a lo que querías contar.

BREAKING BAD – Vince Gilligan, (2008-2013). “Felina”.
Bien se podría decir que Breaking Bad es totalmente opuesta a The Wire en cuanto a éxito masivo se refiere ya que caló hondo en el público. Y sin ir más lejos, su final fue record de audiencia. Todo el mundo quiere un protagonista al que amar u odiar (a partes iguales mejor) y si éste es una suerte de psicópata disfrazado de freak, el éxito está garantizado. Son muchos los que elogian el final de la serie y, todo hay que decirlo, es poético y justo en una balanza perfecta. Vince Gilligan cerró su obra maestra y “Felina” fue la elegante oda para tal cierre. Aquí disfrutamos de un final lógico y realista para unos personajes que ya habían sufrido bastante. Breaking Bad, tantas veces sorprendente, optó para su adiós por la lógica y el realismo. Sí, se fue por la puerta grande ondeando la capa roja de superhéroe y sin mucho espaviento. Un poquito solo. Pero, ¿cómo acaba uno con personaje enfermo y acorralado?, ¿cómo acaba un personaje, valga la redundancia, acabado? Todo el mundo quería que Jesse Pickman matase a Heisenberg pero, ¿no sería éste un final un tanto impuesto? Será el ego de Walter White el mismísimo encargado de rematar una muerte que venía oliéndose episodios atrás.
Deberíamos de haber visto venir todo lo que Gilligan cierra con “Felina”. Como por ejemplo que, detrás de ese aire tan patético, del cáncer, de las humillaciones que sufre y del poco carisma de villano, Walter White está consumido por los delirios de grandeza científica. Se tercia pues lógico que el único que pueda aniquilarle sea él mismo. Sí, Heisenberg muere porque no hay mayor poder que el nombre y la leyenda que hay detrás de él así que para perpetuar su legado no queda otra opción que la muerte. Haciéndose justicia a todos los niveles, el espectador apaga la pantalla agradecido.
MAD MEN – Matthew Weiner, (2007-2015). “Person to person”.
Si me tuviese que quedar con algo del final de la maravillosa Mad Men es la llamada que Don le hace a sus tres grandes amores: Betty Draper, Peggy Olson y la maravillosa Sally Draper. Estoy segura que es uno de los mejores finales en la ficción televisiva, pero puede, y solo puede, que no sea el mejor de ellos. Aunque sí es uno justo, congruente y cíclico. Esto es, cierra historias y trata a sus personajes con honestidad. Con el final de Mad Men uno es capaz de respirar porque, finalmente, Draper ha encontrado su camino después de tantos años.
A Mad Men le guardo un cariño especial porque un día de borrachera – de esas bonitas que se recuerdan para toda la vida – terminamos en casa de un amigo a las seis de la mañana. Todos muy seriéfilos empezamos a escoger una serie para hablar de ella y recomendarla. Seguramente fueron los gintonics, pero cuando llegó mi turno y me tocó hablar de Mad Men, yo lloré.

A mí, que me cuesta decirle adiós a todo (incluso a las flores marchitas) le tuve que decir adiós a estas joyas de la ficción televisiva hace mucho tiempo. Y una, como es normal, se siente un poco más desnuda tras cada despedida. Durante unos segundos, como cuando te despides de los personajes de un libro, te preguntas qué será de sus vidas. Se te para el corazón a lo largo de sesenta minutos (si tienes suerte setenta y cinco minutos) y respiras con los créditos finales. El final en una serie es crucial ya que no solo es el viaje lo que importa sino también cómo te despides. Y, sino, que se lo digan a Juego de Tronos. Justicia y honestidad es todo lo que le pides al director. Los finales cuestan porque además de decirle adiós a una parte de ti también pasas a cámara lenta esos propios recuerdos que creaste durante el viaje. Ahora bien, nuestro apetito es tan voraz que la primera pregunta que se nos viene a la cabeza al finalizar una serie es: ¿cuál es la siguiente en la lista? Entonces yo me pregunto: ¿es esta una era en la que ya ni se guarda luto por las series? Somos insaciables.



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