LA MUJER EN LA FICCIÓN NÓRDICA
- Revolcasmo

- 2 abr 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 3 jun 2023
Hay algo en las series nórdicas que siempre me fascinó. En ellas podemos deleitarnos con personajes de numerosas tonalidades que, lejos de cumplir un patrón, se desmarcan de todo estereotipo. Y aquí encontramos al personaje femenino liberado del cliché y descorsetado por fin. La ficción escandinava se salta convenciones para mostrarnos a una mujer real que no tiene que compensar ningún desmán causado por la testosterona.
Ante nuestros ojos, Sarah Lund (Forbrydelsen) se limpiará el trasero con los estereotipos de la investigadora policial ideal porque no es ni es una buena madre, ni una buena hija, ni una buena novia, ni una buena amiga… es únicamente una buena policía. Su personalidad no está tratada desde una perspectiva feminista o reivindicativa, sino sencillamente desde una perspectiva que la analiza como ser humano, independientemente de su género. Sarah Lund no es un personaje mujer, es un personaje y esto es brutal. El autor de la serie, Soren Sveistrup, afirmó que estaba harto del prototipo de mujer policía con aspecto sexy capaz de batirse el cobre con los asesinos de turno sin despeinarse ni perder el maquillaje, amén de mostrarse en sus horas libres como cariñosísima madre, novia encantadora y amiga admirable que únicamente se transforma en perro sabueso cuando trabaja en un caso. De hecho, el guionista se basó en Clint Eastwood y personajes como Harry Callahan o el pistolero sin nombre de las películas de Sergio Leone para crear al personaje de Sarah Lund. Incluso ha llegado a decir que le hubiese gustado verla ataviada con un poncho de lana, pero finalmente se optó por aquellos gruesos suéteres con insulsos dibujos geométricos que pueden recordar al citado poncho.
Cuando la llamaron para Forbrydelsen la actriz estaba ya en la cuarentena, nunca había encarnado un personaje similar y vio en esta serie una oportunidad para desmarcarse de algunos papeles por los que había sido conocida en su país: comedias o películas románticas. Ella quería un personaje inusual que le permitiese expresar un tipo distinto de feminidad, bastante alejada de esos estereotipos de ficción de los que, al igual que el guionista, estaba también bastante harta. Lund es circunspecta hasta bordear por momentos un autismo de baja intensidad y apenas la vemos sonreír, de hecho, la actriz dice que Sarah Lund “no ha nacido para ser feliz”.
Corría septiembre del año 2010 y Adam Price, Jeppe Gjervig y Tobias Lindholm, lanzaban la maravillosa Borgen y nos presentaban así a su protagonista Birgitte Nyborg (Sidse Babett Knudsen). Borgen es el término coloquial con el que se conoce el palacio de Christiansborg, el edificio que alberga los tres poderes de Dinamarca y da título a esta serie que narra la evolución de la política Birgitte Nyborg desde la oposición hasta llegar a ser la primera mujer en acceder al cargo de primer ministro.
De nuevo nos encontramos con una mujer madura al frente del reparto, lo que confirma que la apuesta por este tipo de personaje no es desmotivadora, sino gancho para colgar elementos de entretenimiento para adultos. Y sin embargo es vital que ese cálculo no se convierta en algo que los ciudadanos perciban como manipulación, sino que esté expuesto al cambio de ritmo de la verdad, la decencia y la honestidad moral.
Nyborg nos habla de la dificultad de tenerlo todo, nos dice, de hecho, que esto es imposible. Y te derrota con su caída, pero consigue levantarte de golpe con su perseverancia. En los primeros capítulos vemos a una mujer feliz que ha hecho un pacto con su marido Phillip Christensen y con el que, durante muchos episodios, muestra una complicidad y confianza envidiables, pero ésta se resquebraja ante la dedicación exclusiva que exige el puesto que ocupa Nyborg. Resulta aquí de sumo interés cómo se aborda el rol afectivo. Aquel matrimonio cómplice y cargado de empatía se desmorona pues ni siquiera Phillip es capaz de gestionar el éxito de su compañera y renunciar al suyo propio. La novedad de Borgen recae en ofrecernos la posibilidad de ver la política como una actividad necesaria junto a la definición de un perfil femenino positivo en las altas esferas. Con Borgen, se rompen tabúes.
Por otro lado, Saga Norén (Sofia Helin), inspectora de la policía sueca de Malmö, es uno de los mejores personajes que he visto jamás en la ficción televisiva. Lo entiende todo de forma literal, no capta el sentido del humor (ni otras muchas sutilezas) y posee serias dificultades para relacionarse con el resto de seres que pueblan el mundo. Es fría, racional y siempre tiene la razón. Pero, rascando en esta imagen, también encontramos a una Saga que sufre y a la que le duelen ciertas cosas que, muy poco a poco, se nos van revelando hasta llegar a una espléndida tercera temporada (quizá la mejor) en donde todo estalla. También Saga. Porque es humana (como todos los personajes de la ficción televisiva nórdica).
La primera directora que tuvo la serie entendió a Saga y quiso remarcar su extrañez. Podría haberle dado ropa normal y un coche normal justo para contrastar el hecho de que no tiene habilidades sociales ni inteligencia emocional, pero pensó que darle un coche vintage entre verde y gris y pantalones de cuero remarcarían sus rarezas y sería una de las claves del personaje. Y acertaron. La diseñadora de vestuario decidió que se pondría la misma ropa todo el tiempo llevando esos pantalones de cuero muy estilo Jim Morrison de The Doors y esas camisetas sin ningún tipo de adorno que guarda en algún cajón de su mesa de trabajo. Aquí, en las pequeñas sutilezas, es donde radica la magia de Broen/Broen y, sobre todo, del personaje de Saga Norén. ¿Tiene Saga tiempo para ponerse mona con la de crímenes que tiene que resolver? No. Eso nimios detalles que copan una buena serie es lo que la convierten, con el tiempo, en pieza de coleccionista.
Es algo bueno y estimulante para una actriz no ser la chica buena y callada. La ficción nórdica tiene muy buenas actrices y buenos actores de los que se puede aprender muchísimo pero no hay receta más allá de una especie de honestidad en su forma de actuar.



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