Capítulo 1: Escena de cafetería y una ruptura.
- Revolcasmo

- 15 ago 2023
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Habíamos comprado los billetes a Ibiza en un ataque de improvisación. Estábamos pasando por una mala racha e imagino que se nos ocurrió que unas vacaciones de verano serían el remedio para el dolor.
Por así decirlo, esos billetes representaban el último intento. Como el último sprint de una carrera que sabes que vas a perder. Hay parejas que adoptan un perro, tienen hijos o llenan la casa de plantas. Ricardo y yo decidimos hacer un viaje para recuperar la magia de nuestra relación. Una relación que cojeaba y que le sobraban las tiritas.
Era la hora de la comida y Ricardo y yo nos moríamos de ganas por probar la fideua de marisco. El camarero que nos atendió tenía una sonrisa peculiar, muy cordial en todo momento, pero raro. Hoy en día hay que tener mucho cuidado con la palabra raro (y otras muchas) pero he de decir que el camarero era un poquito raro. Cada vez que se acercaba a la mesa se nos quedaba mirando como si no estuviese seguro de lo que le estuviésemos diciendo, entrecerraba los ojos y esperaba unos segundos para darnos su aprobación, o no, sobre el menú que habíamos escogido, las bebidas que habíamos pedido o el postre que queríamos tomar. Lo hizo, primero, con las bebidas. Yo le pedí un vermú mezclado y Ricardo una cerveza.
–Así que un vermú y una cerveza. ¿Y qué vais a comer? (insertar aquí mirada y sonrisa de psicópata de CSI).
–Pues habíamos pensado en la fideua de marisco.
–¡Madre del amor hermoso! –y esto lo dijo, así, como con mucho apuro.
En España pueden llegar a ser muy puros con la gastronomía. Como en cualquier parte del mundo, me imagino. Que si jamás chorizo en la paella o vermú con la comida. El vermú es el aperitivo, se toma con aceitunas y unas patatas fritas. Ricardo que intentaba siempre complacer a todo el mundo le preguntó si no era una buena decisión. Pero a mí mis padres me criaron libre, más o menos… ¡y yo quería vermú! Y me molestó mucho que Ricardo preguntara si era o no una buena decisión. Yo creo que fue porque yo estaba hasta las narices de Ricardo, daba igual lo que hiciese o dijese. El camarero levantó los párpados que parecía que se le iban a despegar de la cara y con la misma se fue.
Y aunque yo estaba hartita de Ricardo, me aventuro a reconocer, en un alarde de valentía que poco veréis por aquí, que aquellas vacaciones fueron como un amor de verano o un reencuentro con el amor. De repente volví a saborear las conversaciones con Ricardo. Juegos, risas, quedarnos embobados el uno delante del otro. Fueron dos semanas de salitre en la piel hasta la hora de la cena y de todas esas tonterías que leía en la SuperPop cuando era adolescente. De preguntas incómodas sobre nuestra infancia y de conversaciones de verdad, coño.
Ricardo y yo bajábamos a la playa siempre después de comer. Me excitaba la idea de poder sentir la brisa marina en mis mejillas sonrojadas por el calor, de sentarme en la arena mojada, a la orillita de donde pasan las cosas interesantes. Ricardo venía y salía del agua, le encantaba. A mí no tanto, prefería quedarme inmóvil y ver a los niños jugar. Incluido Ricardo, que era como otro niño. Me encantaba verle chapucear y bucear y cualquier cosa que hiciese. Al principio gritaba mi nombre para que me metiese en el agua con él. Después de unos días se dio por vencido y entendió que a mí lo que me gustaba era observar a las parejas caminar de una punta a la otra cogiditas de la mano. Me preguntaba si eran así de felices como lo era yo en ese instante.

A los pocos días de estar en la isla, reservé en una cafetería que alguien me había recomendado para desayunar. Nos sentaron afuera en una terraza con vistas a una de las tantísimas calas de la isla. Recuerdo que encima de la mesa, una mesa redonda de color blanco que resaltaba ante el azul de mar, había un jarrón con margaritas. En ese momento me parecieron las flores más preciosas que jamás había visto. Era un ramo frondoso, lleno de flores bien pequeñitas, el blanco era muy blanco y el amarillo era muy amarillo. Y Ricardo dijo en voz alta lo que yo pensaba, los dos estábamos maravillados con ese ramo tan perfecto. Miré a Ricardo pensando que por fin habíamos superado nuestras diferencias y el estancamiento de nuestra relación.
Costaría creerse que la relación con Ricardo se terminó al final del verano como una sentencia, como si en verdad hubiese sido un amor de verano, un sueño o un espejismo. Fue doloroso ver como esa llama que se había encendido nada más pisar un pie en Ibiza se había acabado con la misma intensidad y espontaneidad con la que empezó cuando aterrizamos en Madrid. Llegamos a Madrid bastante tarde. Tardé una semana en deshacer las maletas entre discusiones que teníamos por cosas que ni recuerdo, por cosas absurdas. Al despertarnos discutíamos porque los buenos días no habían sido como aquella fogosidad que nos dedicábamos en Ibiza. Discutíamos para decidir quién tenía más prioridad para ducharse primero según la cantidad de trabajo que tenía ese día en la oficina. Al llegar a casa, cansados, discutíamos por inercia, ya sin motivo alguno. Uno se va de viaje intentando revivir algo que amó, alguien al que quiso y que pensó que sería eterno, para volver odiando incluso todavía más. Para acabar muerto por dentro. Ricardo y yo rompimos. De mala manera, como más daño hace, sin llantos y sin un adiós. ¿Y cómo puede ser eso posible? ¿Cómo dos personas que crearon un espacio juntos de repente pueden evaporarse? Confieso que me enfada pensar sobre nuestra relación en estos términos tan fríos, sin alma, sin peso.
El caso es que un día salí del trabajo, paré en una floristería y compré margaritas para ver si así yo podía reavivar esa escena en la cafetería. Yo pensaba que, con una cena, velas y flores en la mesa se podría solucionar lo que llamo yo el fin de una relación. Ricardo y yo nos siempre nos entendimos a la perfección hasta que un día dejamos de entendernos. Y por más que intento indagar en nosotros como individuos para así, quizá, encontrarle una razón profunda a ese nosotros como pareja, no hay manera. El amor se acabó y punto.
Eran las 21:57 cuando la puerta se cerró. No fue un portazo cargado de dolor y de rabia sino un golpe suave contra el marco. Corrí hacia la ventana de la habitación principal, abrí las cortinas con la esperanza de convencerle para que volviese, pero solo le vi alejarse en el camino. Ricardo llevaba un anorak color marrón clarito, unos vaqueros oscuros y una mochila. Parecía como si el cuerpo le pesase. Tampoco se dio la vuelta para, aunque sea, mirarme enfurecido, en el vacío, con los ojos llorosos y llenos de rencor. Aquel día fue uno de los días más tristes de mi existencia. Ricardo se fue el 10 de mayo a las 21:57 y solo le volví a ver cinco meses y diez días después.
Esa noche el dolor me penetró de manera más intensa de lo normal. Porque jode cuando te dejan, o cuando dejas, jode cuando algo que has querido muere, se desvanece, se difumina. Sobre todo, jode, cuando no sabes los motivos. Jode cuando poniendo los platos en el lavavajillas el tío que crees que quieres o que has querido o que es que ya ni sabes, te dice que no está enamorado de ti. De alguna manera te hieren el orgullo y todos los planes que tenías de repente se pausan. Da igual que si tú habías pensado en terminar la relación o no. Pasas a cámara lenta todos esos bonitos recuerdos y deseas retenerlos para poder revivirlos, y entonces te das cuenta de que no es que te duela Ricardo, es que te duelen los recuerdos.
A Ricardo me lo volví a encontrar cinco meses y diez días después de aquel 10 de mayo. Pero esa es otra historia.



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