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Madrid fue un poema.

  • Foto del escritor: Revolcasmo
    Revolcasmo
  • 2 feb 2021
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 3 jun 2023

Sofía siempre pensó que el ajetreo de Madrid dejaba un poso de valentía en los sueños y en las utopías que cualquiera puede tener. Por eso quizá al azar y no tan al azar, escogió la ciudad del Manzanares para encontrarse con Alberto. Eran las diez y treinta de la mañana cuando llegó a Atocha mientras el sol de junio le quemaba un poco en los hombros y le dejaba algo de color en sus piernas pálidas. Vaporeando un vestido de lazos y flores que tuvo que mandar a arreglar, sube todo Paseo del Prado hasta encontrar el hotel donde se alojará por poco más de veinticuatro horas.


Como Alberto llega en bus a Madrid y está atascado entre el tráfico, Sofía, después de hacer el check-in, corre a la habitación, se da una ducha y sale a pasear. Ella no vive en Madrid, pero ¡joder!, cómo ama esa ciudad que nada le ha dado. El Museo Reina Sofía y su plazoleta le dan cobijo mientras espera. Tarea que, además, hace a regañadientes. Desde lo lejos uno puede oler su impaciencia y sus ganas de comerse la vida. Puede, incluso, rozar sus debilidades. Y, Sofía, como todo el mundo, tiene muchas y, entre ellas, Alberto. Pasea de un lado para otro, controla la hora y la gente deambulando. Se sienta un rato en la escalinata y saca un libro de su bolso que le dura dos minutos entre las manos pues acto seguido se levanta para dar otro paseo.


Después de aquel encuentro, Sofía esperaba tenerle para siempre. Pero no tenerle en un sentido viejo y empolvado cargado del verbo poseer o de la palabra eternidad. Ni siquiera hablamos aquí de amor. ¡Qué sabrá Sofía de eso! Tenerle para Sofía significaba llegar a él. Conquistarle. Ella, que esperaba adentrarse en él, la verdad sea dicha, no pensó en absoluto en nada así que se dejó llevar como nunca porque hay veces que uno tiene que abandonar la guerra y dejarse hasta las entrañas en el intento. Sofía estaba cansada de no hacer algo por sufrir. De no besar por sufrir. De no correr por sufrir. De no querer por sufrir. Así que besó e hizo el amor hasta la saciedad y compartió su cuerpo y su alma. Y al carajo. Y después llegaron los arañazos, los paseos taciturnos y las melodías que le recordaban a aquel poema que un día leyó en Madrid.


Alberto llega alrededor de las tres de la tarde, cuando el sol más fuerte tiñe las calles y ella se derrite, aunque no se lo dice. Se quita las gafas de sol y le da un beso en la mejilla porque son amantes. Y los amantes, si algo saben, es guardar bien un secreto. Juntos, de camino al hotel, hablan de esto y de lo otro y de que Sofía ya había encontrado un sitio para desayunar al día siguiente. El encuentro duró veintiséis horas para ser exactos. Esto se sabe porque, en cada visita, los amantes contaban el tiempo que tenían para disfrutarse. Durante el tiempo en Madrid, visitan una librería, una exhibición de un arte que Alberto no entendió para nada y paran en un restaurante italiano para cenar. Empiezan pronto porque saben que la conversación terminará a las tantas de la madrugada después de que ambos se corran dos o tres veces. En parte por el sexo, en parte por la lucidez que se dibuja en la habitación. Aquel día, Sofía sintió cómo se moría de felicidad. Con todo, precisamente si disfrutaron, fue por no pensar en nada sobre su contenido, no tanto sobre su realidad exterior o sobre su contexto, algo inevitable. La pasión que atravesó la historia de estos dos amantes tuvo su punto de explosión definitiva aquella noche de un viernes de comienzos de verano, pero se prolongó hasta la tarde siguiente.


Rondaban las cuatro de la tarde del día siguiente de un sábado de calor infernal en Madrid, cuando los dos amantes se dejaban ver por los alrededores de los jardines del Palacio de Oriente. A estas alturas, es bueno recalcar que si hay algo que los amantes nunca hacen es besarse en público. No los verás reflejados en intentos de caricia, pero sí intuirás las ganas, las miradas, los suspiros. Los verás en la fugacidad del momento. En la pasión del instante. Pero aun con todo, mientras Sofía adivinaba erróneamente la fachada del Museo del Prado desde lo lejos, Alberto se detuvo un instante como si un cúmulo de sensaciones se hubiesen penetrado en él y entonces le agarró la mano a Sofía, quería decirle algo pero solo llegó a los labios. Un beso húmedo en el que Sofía sintió el silencio del ajetreo de Madrid. Todo se detuvo. Y así, sin más, se convirtieron en estrella fugaz. Y Sofía pidió un deseo que jamás se cumplió con Alberto: quedarse para siempre ahí. Entre las utopías.


Tiempo después del encuentro, un día, él le escribió que, en la vida, con el paso del tiempo, simplemente quedan recuerdos de momentos solo si son intensos. Y Madrid fue eso. Se volvieron a ver. Pero eso esa es otra historia. Intentó, durante meses, encontrarle entre la gente y volver a leer aquel poema que un día se coló como capítulo entre las páginas de su vida. Pero quizá hay cosas en la vida que no se pueden repetir porque cuando uno lo hace se convierten en copia de algo apasionante. Y, entonces, se pierde la esencia. Es por eso, posiblemente, que la fugacidad cuando se manifiesta intensamente dura un segundo maravilloso que ni se puede agarrar ni revivir. Y lo disfrutas o no. Y de ti depende exprimir cada segundo fugaz.


Madrid fue un poema de un libro bello e hiriente porque las ganas ingenuas se comieron los obstáculos. Y eso sí que merece la pena.

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