Volvemos a la carga.
- Revolcasmo

- 2 jun 2023
- 2 Min. de lectura
Porque así tenía que ser. No se me ocurre otro motivo.
El otro día en un curso sobre Leadership and Management hablábamos en la sala sobre las diferencias entre pasión y motivación.
Yo tendría unos diez años cuando el primer ordenador entró en mi casa. Y lo primero que hice fue abrir el WordPad y ponerme a escribir. De verdad que no miento. Creo recordar que fue una historia de fantasmas y de una niña con amigos invisibles. Ojalá pudiese probar que esto que escribo aquí es cierto, pero no mentiría si dijese que cuando tenía diecinueve años le regalé todos mis textos a un novio mío. Lo prometo. Todos los textos que había escrito hasta la fecha.
A quién se le ocurriría...
Pero sí, perdí todos mis textos porque deseaba que aquel hombre me conociese, me valorase, supiese ver a través de mí. Esperaba que se enamorase como yo me enamoraba de los personajes de los libros que leía o de las series que veía. Que tuviese una imagen bucólica de mí. Y la mejor manera que se me ocurrió fue darle todos mis escritos. Seguramente los tiró cuando se mudó de la casa de sus padres. O, peor aún, quizá sigan en alguna esquina de su trastero, cogiendo moho y pudriéndose en la memoria.
Pero sí. Lo de escribir me viene de niña. Y yo lo llamo pasión. Pero la mía es una pasión tímida, insegura, inestable. Una pasión que no siempre encuentra las rendijas por las que asomarse.
¿Y la motivación?
La motivación viene y va. Hay personas que tienen los niveles constantes, que dedican tiempo todos los días, que alinean los deseos y la pasión y la motivación van de la mano. Pero mientras la pasión es intrínseca, la motivación normalmente está causada por factores externos. Y aquí podríamos abrir un debate sobre hasta qué punto hay pasión si en verdad no existe la motivación para emprender. Pero por hoy lo dejamos así.
Así que aquí estamos. Yo con mi pasión y mi motivación y vosotros, lectores, espero que con las ganas de leerme.
Disfrutemos mientras nos tengamos.



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