MAD MEN: "La importancia de no contar nada"
- Revolcasmo

- 29 mar 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 3 jun 2023
“It´s a time machine. It goes backward, forwards. It takes us to a place where we ache to go again. It´s not called The Wheel. It´s called a Carousel. It lets us travel the way a child travels. Around and around, and back home again… to a place where we know we are loved”.
El otro día un amigo mío me preguntaba qué carajo tenía de especial Mad Men. La respuesta que le di no fue del todo satisfactoria, pero, ¿qué dices cuando te preguntan sobre una serie en la que no pasa nada? Y ahí radica, ni más ni menos, la esencia más bonita de esta serie. El 19 de julio de 2007, Matthew Weiner estrenaba Mad Men. Y John Hamm, Elizabeth Moss y January Jones, nos saludaban desde la tribuna. En Mad Men todo se desmorona una y otra vez de modo que los personajes tendrán que reconstruirse continuamente y esto es lo que la hace especial. Aquí todos nos identificamos con este sentimiento pues todo el mundo se está derrumbando por dentro. Mad Men vino a consolidar aquello que ya en el 2000 se veía venir: la ficción televisiva estaba cambiando.
La serie se presenta como una historia de hombres y mujeres que viven del negocio de la publicidad. Nos presentan sus vidas personales y los conflictos que surgen entre las expectativas en la vida y la realidad de ésta. Está colmada de referencias literarias y artísticas y el detalle en su estética es uno de sus sellos. No es Los Soprano, no es The Wire y no es Twin Peaks. Y ni falta que le hace porque con su “no contar nada” se convierte en una de las grandes. La verdad es que ojalá pudiésemos encontrar eso en la ficción televisiva más contemporánea. Ese hablar de nada como ocurría con Six Feet Under o, recientemente, pero de manera muy ligera, en The Affair. En Mad Men uno se pregunta cómo es posible que podamos identificarnos con unos personajes que semejan tan lejanos pero la respuesta se tercia bien sencilla: Matthew Weiner los trata desde la contemporaneidad. Nos ofrece una visión de la propia naturaleza humana y, para ello, utiliza a personajes contemporáneos con los que, sin duda alguna, nos sentimos identificados porque al fin y al cabo no importa la época ya que todos sufrimos y todos amamos. Los personajes en Mad Men serán icónicos, sus interpretaciones inundarán la pantalla y serán el alma afilada de cada episodio. Son tan fundamentales que hasta los secundarios dominarán el espacio. ¿Cómo son y qué esconden? No es un misterio de espionaje, es un misterio sobre el sentido de la vida y la condición humana.
Pero hay algo que, por encima de todo, a mí me atrae de Mad Men. Y esto es la manera en la que la nostalgia es tratada. La nostalgia aquí se personifica en dos episodios en concreto, pero merodea en toda la serie y en cada personaje constantemente. El primero de ellos se nos presenta en la primera temporada y es icónico ya en la ficción televisiva. Se titula “The Wheel” (“El Carrusel” en su versión española) y se nos dice bien claro que la nostalgia es ese lugar a donde nos duele regresar. Pero apela también al sentimiento de haber sido parte de algo. La nostalgia puede llegar a ser cruel en dos senderos pues puede impedirnos mirar hacia delante y puede, también, impedirnos mirar hacia el pasado sin dolor. Huele a otoño y sabe a chicle de fresa. Pero la nostalgia es, también, un signo de madurez si aprendemos a jugar con ella. Es, a su vez, un sentimiento con el que resulta muy mágico empatizar y es por eso que con este capítulo Mad Men se corona ganadora.
El segundo episodio se titula “In care of” y con el finaliza la sexta y penúltima temporada de Mad Men. Guarda, también, estrecha conexión con aquel capítulo de principios de la serie. Se unen y nos enseñan el camino que Don ha hecho a lo largo de la serie. Aquí, por fin, le vemos ser sincero en una honestidad tan desgarradora que hiere y en la que lograremos empatizar de una vez por todas con su lucha interior. Después de una conversación con los socios de Sterling Cooper y los representantes de Hershey´s, Don construye un discurso real y conmovedor en el que se confiesa herido. Su desnudo no se queda ahí ya que cogerá a sus hijos y les enseñará donde se crió. Y así, Matthew Weiner, consigue marcarse un final de temporada descomunal. “Aquí crecí yo” le dice Don a sus hijos y Sally Draper le mira agradecida porque su padre ha decidido compartir algo con ella. Ella, que se ha pasado toda su niñez adorándole y su adolescencia tratando de reclamar su atención y llenando el vació de ésta, por fi, consigue entenderle y llenar las piezas del rompecabezas. No nos engañemos, el espectador también lo agradece porque era algo que llevábamos esperando años. Unos pensarán que es el principio de algo, y de alguna manera lo es, pero también intuye que es el final de una era.
A mí Mad Men me agarró como una enredadera porque por aquellas el diálogo todavía importaba en una serie y se convertía en personaje principal. El misterio y la mentira daban acción y nos dejaban completar aquello que los personajes no decían. Cuando todo acabó, cuando Mad Men cerró sus puertas, yo me seguí preguntando qué sería de Peter Campbell y compañía y esto es porque Matthew Weiner nos dejó participar. Cada uno de los personajes tuvo una salida digna, justa y bella. Jamás podré olvidar esa escena en la que Don (que por fin se ha encontrado consigo mismo) llama a sus tres grandes amores: Betty Draper, Peggy Olson y Sally Draper. Matthew Weiner tenía muy claro lo que quería contar y su objetivo: comprometerse con el mensaje.
Si alguien me pregunta qué tiene de especial Mad Men diría que su aroma. Desprende originalidad sin pretensiones. Con ella puedo experimentar mi empatía, mis enfados y mis llantos.



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