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RADIOGRAFÍA DE THOMAS SHELBY: antihéroe roto y herido

  • Foto del escritor: Revolcasmo
    Revolcasmo
  • 6 ene 2021
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 2 jun 2023

Recuerdo mi época universitaria hablando de series. De muchas series. Y Peaky Blinders fue una recomendación de un amigo que estaba loco por ella. Y yo, aunque no le di mucho crédito en su momento porque el argumento no me enganchaba demasiado, al final le terminé dando la oportunidad y me pillé como una más. Y fui a Londres de vacaciones y me acerqué hasta Birmingham solo por los Peaky Blinders. Esa necesidad casi mitómana de conocer a los personajes, sus vidas o sus paisajes. Lo cierto es que Peaky Blinders es, por encima de muchas cosas, visualmente elegante. Estéticamente bella. Y se nota, además, que han perfilado a los personajes desde el mimo y el cariño.


En 2013, Cillian Murphy asumía el papel de Thomas Shelby, conocido como Tommy, y los Peaky Blinders llegaban a nuestras pantallas. El actor explicaba la dificultad de tratar de mantener al personaje de una manera agradable a pesar de estar constantemente en el "lado equivocado de la ley". Explicó, además, que la escritura "rica, compleja y detallada" del creador Steven Knight fue fundamental para el cariño de la audiencia por su personaje. Thomas Shelby, al contrario de otros antihéroes, es muy humano. Y será ese dolor que le atraviesa de costado a costado lo que le convertirá en un antihéroe peculiar.


Se me antoja decir que lejos queda la tercera edad dorada de la televisión, aunque ese sea otro debate. Y todavía no tengo muy claro si Peaky Blinders pertenece a la tercera edad de oro o a una hipotética cuarta edad dorada. Sea como sea, la serie se convierte en una genialidad. Especialmente hoy en día en donde tanto abundan series de capítulos conclusos como Black Mirror o de temporadas independientes como True Detective o American Crime. Así, Peaky Blinders con sus cinco temporadas y una sexta en camino nos obsequia con trama tras trama y con una historia compleja.


Cada época ha reclamado de los héroes en la ficción televisiva, características y virtudes particulares, afectando su mundo interior. Por ejemplo, leía el otro día que sobrevivir a la muerte, burlarla o escamotearle su derecho a disponer de nosotros, ha supuesto desde antiguo uno de los grandes méritos del heroísmo. Sin embargo, todos sabemos que la muerte de hoy en día no es aquella vieja dama de tiempos atrás. Hoy, al (anti)héroe la muerte le sienta bien, pero ya no en la dimensión trágica de su esencia, sino en un sentido cotidiano. Acaso sigue siendo una relación tensa, pero también imprecisa, difusa, maldita, cargada de amor-odio, de mutua complicidad y mutuo sabotaje, sobre todo cuando la tragedia no consiste en morir sino en permanecer con vida. Siguiendo la estela de Georg Lukács y Lucien Goldmann, interesa indagar en la figura del héroe como reflejo de las configuraciones sociales de su tiempo. La forma de novela que estudia Lukács es la que caracteriza la existencia de un héroe novelesco al que define muy acertadamente con el término de héroe problemático. Mientras que para Lukács el protagonista es un individuo problemático en un mundo hostil y contradictorio, Goldmann lo describe, más bien, como un sujeto capaz de establecer una estructura mental coherente que se corresponda con una visión del mundo. “Tal estructura no puede ser elaborada más que por el grupo, siendo el individuo únicamente el elemento capaz de desarrollarla hasta un grado de coherencia muy elevado”. Se puede analizar pues que, entrados ya en este nuevo siglo, los relatos empiezan a tener como protagonistas y antagonistas, a la vez, a tipos que se manifiestan como fingidores audaces. Me resulta interesante la crisis de sentido que experimentan, pues entendemos que esa crisis es la causa principal del arco dramático que describen y que hace que la concepción clásica del héroe cambie de manera determinante. Son individuos más complejos y fascinantes, que tienen como principal característica la posibilidad de ser recibidos de un modo que el clásico héroe no conseguía: por medio de la identificación. Tanto hombres como mujeres pueden identificarse de igual manera con las vidas de estos personajes, que tienen tantas taras y defectos como cualquiera de nosotros. Y es que esta reciente y cada vez más recurrente concepción de base respondería al aggiornamento de la cultura popular con el “espíritu del tiempo” que la atraviesa: un tiempo desencantado y de perplejidades, pero, sobre todo, cínico. No se contempla pues, un héroe utópico que no sea capaz de llevar a sus espaldas las características de su tiempo. Reclamamos en la ficción televisiva más contemporánea héroes ni buenos ni malos sino todo lo contrario.


De acuerdo con Mieke Bal, la condición de antihéroe normalmente está asociada a la figura del antagonista -quien se opone a lo pactado como heroico-, pero también puede designar al personaje que, aun difiriendo en apariencia y valores, cumple la función heroica protagónica. Dicen algunos críticos que un antihéroe, aunque por el camino pierda su alma, mejora el mundo y arregla las cosas, aunque sea a regañadientes y sin convicción. De modo que Tony Soprano, Dexter, Don Draper o Walter White en manos de estos críticos serían villanos y no antihéroes. Personajes fascinantes, sí, con arcos narrativos sobresalientes y con unos mecanismos de identificación narrativa que funcionan a las mil maravillas, pero son los malos de la función. Pero, bajo mi punto de vista, si en antaño encontrábamos diferentes tipos de héroes en la novela, también en la ficción televisiva más contemporánea encontraremos diferentes modelos de antihéroes. Así que puede que estos personajes sean, a un modo clásico de entender, los malos de la película, pero desde el punto de vista contemporáneo se parecen más a la realidad que cualquier otro héroe anterior. No son villanos sino (anti)héroes reales que llevan a cuestas las consecuencias de nuestra sociedad. Pero en estos nuevos relatos, seguirán haciendo falta personajes sin alma ni crisis de sentido como Lorne Malvo para combatir contra nuestros nuevos protagonistas.


Vuelve la pregunta entonces: ¿son Walter White, Toni Soprano o Thomas Shelby antihéroes o villanos? Y aquí, algunos dirán que la palabra antihéroe está lejos de definir la nueva generación de personajes. En todo caso, son más héroes de lo que eran antes, con problemas más reales (o al menos más apasionantes) y con historias un poco más posibles. Incluso aquellos que vemos inmersos en un mundo de crimen, asesinatos y otros menesteres de la vida en la otra vereda, llegan a empatizar con el público a tal nivel que finalmente terminan por humanizar al asesino de Dexter o al mafioso de Los Soprano. En estas series, los héroes se perfilan como hombres pequeños, inconsistentes, desprovistos del aparato ideológico y social que antes garantizaba las reglas. Y son así porque nosotros así lo reclamamos. Hoy, exigimos héroes líquidos para la vida líquida. Los cimientos físicos y morales de lo social se socavan en muchos de los nuevos dramas: la corrupción tiñe de forma irremediable a los personajes y todos asoman en el paisaje con pecados, cuentas pendientes o faltas de algún tipo.


Sin embargo, aunque son sujetos contradictorios, sociópatas o prisioneros de sus demonios, poseen algún grado de excepcionalidad: Walter White, Nucky Thompson y Dexter Morgan son especialmente astutos; ningún médico acierta un diagnóstico como Gregory House, y no hay creativo publicitario más seductor que Don Draper, de Mad Men. Por otra parte, la genialidad de Thomas Shelby radica en la diferencia, en la ambición e inteligencia superior a la de su familia. Sus triunfos o la forma en la que se escabulle de los problemas son aplaudidos por los telespectadores. Thomas Shelby es un delincuente, pero quiere una posición para su familia que supone para él arma decisiva y pretexto perfecto para cada uno de sus maquiavélicos planes. Además, ha sufrido en la guerra y se ha enamorado perdidamente, así que se lo perdonamos. Es decir, la empatía con los personajes ocurre en la medida que el relato es capaz de convencernos de que están sufriendo o deben ser protegidos, o cuando creemos que han sido tratados injustamente. ¿Qué le separa de los otros villanos? Que sepamos, estos otros villanos no están sufriendo. De modo que Thomas Shelby lejos está de ser uno de ellos, sino que se convierte así en el antihéroe herido de este nuestro nuevo tiempo.


Thomas Shelby representa por antonomasia el dolor y el alma herida y fracturada. Su elegancia, templanza y control emocional al borde de la desconexión casi psicótica serán parte de su atuendo más allá de la boina y el chaleco. De Shelby sabemos que ha vivido como soldado en la Primera Guerra Mundial de modo que sufre de un estrés postraumático bastante severo. Sus expresiones faciales son ínfimas pero su mirada es penetrante, es asertivo y posee una autoestima muy elevada. Ladrón y estafador, su capacidad de engaño y astucia viene dada por el inmenso talente a la hora de escuchar y observar pues es capaz de transformar toda esa información en contra de sus enemigos. Es frío, calculador y un maravilloso estratega que utiliza los negocios para olvidar el profundo dolor que arrastra dentro. Y sí, es cabezón y antepondrá sus intereses por encima de todo, pero empatiza. La desmedida ambición es su manera de silenciar los traumas, pero lejos de convertirse en un ególatra, tras cada éxito recuerda también sus orígenes humildes. El director nos muestra su lado más humano cuando nos enseña cómo la presión le supera o cuando comete errores u oculta cosas. También necesita de un rincón para relajarse y reflexionar. Y, lo más importante, está perdido dentro de sí como todos nosotros.


Y, aunque el amor de Grace Burgess con la que se casa y tiene un hijo se convertirá en papel fundamental para aliviar tal dolor y en vínculo imprescindible para mejorar su salud emocional, la muerte de ésta será devastadora y otro trauma más para Thomas Shelby. El espectador conoce todo esto, de sus demonios interiores, de sus dolores y temores, de sus traumas, de sus pasiones. De su alma magullada. Y, claro, se lo perdona. Le perdona su incoherencia, su frialdad, su lado más malvado y su testarudez. Se lo perdona todo. Pero, la pregunta es: ¿Cómo va a terminar Thomas Shelby?


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