El amor de los amantes.
- Revolcasmo

- 25 feb 2020
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 3 jun 2023
La maleta vacilaba un adiós sin aviso, ni recambio, ni hasta luego. Serpenteaba orgullosa una despedida. Cuídate, le dijo él. Y Julia pudo saborear la amargura de las historias improvisadas, el sabor agridulce que deja un beso en una estación, el poso de los días vividos intensamente. Sin duda, pensó, hay algo de maldito en la intensidad. Desconcertada por una despedida inesperada, buscó su andén y habló con el conductor. ¿Es este el bus que me lleva al olvido? -quiso decirle, pero solo se atrevió a preguntar si faltaba mucho para que se fuese ya. Esa ciudad se estaba engullendo todos los días que había estado hospedada ahí y no tenía en mente cederle un recuerdo más.
Se compra una chocolatina y se sienta en un banco, agarra fuerte la maleta y pone música para olvidar. Julia detesta la música de andén, de olvido, de historia quemada. A Julia le gusta saborear la música de reencuentro, la música que te invita a tocar con la punta de los dedos hilos de deseo y pasión. Pero no. Ese mediodía, de calor irrefrenable, solo le permite regodearse en la melancolía y la nostalgia. Mira a su alrededor, como quien mira su vida pasar, y se pregunta qué ha podido suceder. Escoge la música que menos daño hace, una que no conoce, que nunca más volverá a escuchar y comienza a avanzar los motivos de una despedida tan sombría. El reloj, ese que siempre le anuncia que el tiempo es finito, marca la 13:25 y faltan cinco minutos para que salga su autobús así que sujeta bien fuerte esa maleta, como si contuviese una felicidad desmesurada, y hace la cola. No es una fila muy larga, pero está poblada de seres extraños. Cada cual, con su historia, piensa. Algún mal de amor, algún reencuentro fortuito, algún viaje por trabajo. ¿Hay algún corazón nostálgico por aquí? -Julia es muy dramática y piensa que ella es la única quemada por pasiones.
El dichoso autobús la lleva bien lejos de esa ciudad que, con el tiempo, se convertirá en fantasma. Mientras se aleja, Julia va dejando sus temores y sus melancolías atrás. No ha sido una despedida, volveremos a vernos, no son cenizas lo que veo a lo lejos, mi billete sí tiene regreso. Pero llega a Madrid y ahí se dobla, se quiebra, se descuartiza en pasados que no tienen remedio. La estación de un Chamartín atiborrado de almas le da en las entrañas. Julia sabe que fue un adiós improvisado y mal pagado lo que sus labios pronunciaron. Y se sienta en el suelo de una estación llena de caras desconocidas. Un suelo frío la amarra sin compasión y su vestido de cuadros azules y grises se desploma. Y Julia se desnuda en una libreta que, tiempo después, decidirá tirar. Ahí, solo pasión y desenfreno. Solo esperanza desgarrada. No suelta ni un recuerdo, ni siquiera el billete de tren que guardará para siempre en algún rincón.
Fue ese beso en el ascensor, ese beso que no di y tanto quería, o fueron las bragas que me quité en la ausencia. No, no, fueron las palabras de más que no fui capaz de callar, fueron esas barreras que impidieron ser quien yo quería ser, ¿qué fue? Fue el pescado quemado, la cotidianeidad de los movimientos, ¿qué fue?. Fue el movimiento azaroso de la pasión. Julia se culpa y no sabe que no es culpa de nadie.
Llega a su casa pasadas las diez de la noche y se abraza a una soledad marchita, húmeda, callada. En su casa siempre hay fruta en la nevera, ropa sin tender y olor a amores intensos. Mientras deshace la maleta puede oler la culpa y la mentira de los amantes y le pide al tiempo que espere un poquito más para llevarse esa pasión. Julia sabe que lo único que jamás puede borrar el tiempo es el recuerdo del amor de los amantes, que hay algo de magia y belleza porque se aman con intensidad e ingenuidad. Pero también conoce de los horrores que el tiempo les tiene preparados. Les regala esos recuerdos para que los atesoren en algún cajoncito, pero a cambio se lleva su amor y lo aniquila para que solo queden recuerdos. Como si los amantes no pudiesen amarse en la infinidad. ¡Qué fatídico desenlace para los amantes! -piensa Julia.
Vuelve a lavar la ropa que le había quedado sin tender y que tantos días llevaba embutida dentro de la lavadora, se hace la cena y recibe un WhatsApp. Ha sido una despedida muy incómoda. Como si el tiempo ya hubiese dictado sentencia, Julia no lee bien, se anticipa a todo, pone las alarmas y bloquea el móvil. Despertarse a las ocho y media. Ocho y treinta y cinco. Ocho y cuarenta. Mañana es día de rutinas, de una vuelta a la realidad que no entiende de amores ni de pasiones. Mierda, la lavadora.
Mañana.
Julia ama intensamente porque cree que es la única manera de vivir, pero no se da cuenta de que amar así requiere de un esfuerzo que ella, y eso lo sabe bien, no es capaz de pronunciar. Entonces Julia, la verdad sea dicha, no ama intensamente sino de manera caprichosa, antojada y egoísta. Han pasado los días, hace un calor insoportable y Julia llega a su portal. De su bolso saca las llaves y una botella de agua que arde, también encuentra una manzana que puso ahí por la mañana y que, por falta de ganas, se quedó sin mordiscos. Abre el portal y se apresura a subir las escaleras. Lleva todo el día a cuestas con un amor maldito que no se va de ninguna parte ni a ninguna parte. Y al llegar a su piso, aunque haya bajado las persianas, éste parece derretirse. Y Julia, como en aquella estación de Chamartín, vuelve a resquebrajarse. Se fractura hasta el dedo meñique. Y entonces escribe.
¿Cómo estás? No te he escrito porque he estado un tanto liada. ¡Qué mentira, Julia! Julia no le ha escrito porque, como buena amante, tiene miedo de que le digan adiós. Entonces él recuerda el día en que ella se fue. Rememora la sensación de desorientación y de vacío. De estar perdido. Y Julia, cegada por posibles y futuros dolores, se anticipa, ahora sí, a la despedida. Ella, que conoce lo que les hace el tiempo a los amantes, se niega a que esa pasión se marchite. Así que se la guarda para ella solita.
Ese adiós de los amantes, siempre al acecho, buscando por dónde colarse en la cobardía. Porque el amor de los amantes, si algo es, es cobarde. Pero no fue el exceso de cobardía sino la falta de calma lo que pudo con Julia.



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