Jugársela.
- Revolcasmo

- 26 abr 2020
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 3 jun 2023
Alicia es una niña en el cuerpo de una mujer. Ya se lo decía su abuela… ay mijita, tienes cara de niña y cuerpo de mujer. Claro que su abuela se refería a que tenía unas tetas muy grandes para su edad y buenas curvas, pero una carita angelical. No se refería a que Alicia no tiene ni idea de cómo comportarse en el amor. Total, que también se le da por ser normal a ratos así que siempre espera al fin de semana como agua de mayo. Entre otras cosas porque verá a Pedro. El cielo empieza a coger ese color bonito de atardecer de viernes de primavera, se llena de un azul anaranjado de infarto y Alicia calza sus vaqueros favoritos a conjunto con aquel top rosa que llevaba la primera vez que le vio. También lleva puesto un poco de improvisación. Primero ha quedado con una de sus mejores amigas que hace tiempo que no ve, pero después le verá a él y, por fin, conocerá a sus amigos.
Alicia y Ana son amigas desde hace unos cinco años cuando por casualidad se conocieron en un museo, se les dio por conversar sobre Rothko y una cosa llevó a la otra. Esa misma mañana se fueron de brunch y aquellas dos desconocidas se dieron cuenta de que tenían mucho en común. Cinco años después están celebrándolo por todo lo alto en el que, hasta la fecha, es el restaurante favorito de ambas. Pero después de botella y media de Proseco y un par de vasos de agua, Alicia sale apurada porque sabe que llega tarde a su próxima cita y se despide de Ana.
– Ana, escríbeme cuando llegues a casa. La vida es muy jodida para nosotras –dice Alicia resentida de que todavía las mujeres tengan que llevar las llaves en la mano por si acaso-.
Son las once y un poquito de la noche cuando, perdida en La Latina, mensajea a Pedro para preguntarle dónde está porque no encuentra el bar. La brisa de la primavera tardía le golpea las dudas y la excitación se apodera de sus pies. Pobre Alicia tan ingenua a lo que le espera ese fin de semana. Tras unas cuantas copas, llegan a las cinco de la mañana a casa después de haberse bebido, también, casi media vida en tequilas. Sin sal, pero con mucho limón. Como le gusta a Alicia. Ella se encapricha de las cosas y se enamora de los principios, pero después de ese primer flechazo casi hipnótico todo le parece trabajo. La verdad es que Alicia no quiere trabajar en las relaciones y se cree que la cosa tiene que venir dada; con esa obsesión de que todo tiene que ser natural, espontáneo y mágico. Alicia quiere ser amada y adora la sensación de sentirse deseada. Vamos, que alguien de la vida por ella. Coño, y quién no. Pero le aterra la idea intrínseca del amor como sentimiento de pertenencia o como saco de decepciones, la idea de pertenecerle a alguien, de darlo todo, de quedarse desnuda.
– Tengo una resaca horrible, la boca seca y un dolor de cabeza que para qué –Alicia no bebe mucho así que cuando lo hace a la pobre le tiemblan hasta las manos-.
Pedro le prepara su desayuno favorito y Malasaña se tiñe de un azul muy clarito. Ni bocado da. Se duchan, se visten y se van rápido porque han quedado con unos amigos para comer.
– Anda que vaya puntería. Con la resaca que llevo. ¿Sabes dónde hemos quedado? Pregunta Alicia mientras se bebe una CocaCola aunque, la verdad sea dicha, ella odia esos refrescos burbujeantes. Dice que no tienen vida y Pedro ni trata de entenderlo.
– No me mires así, Pedro. Es verdad. Esas bebidas son como algunas personas. Siempre burbujeando sin nada de chicha. Un buen batido de Oreo sí que tiene sustancia. No esa mierda de burbujitas con azúcar.
Y Pedro se la quiere comer a besos.
– Pues yo creo que en el restaurante este que tanto le gusta a Julio… ¿Te acuerdas? Sí, hombre. Ay, coño. Espera que lo miro en el grupo de WhatsApp. – Saca el móvil de uno de sus bolsillos, mitad de la pantalla rota porque Pedro es tan desastre o más que Alicia y, por fin, revisa el nombre del restaurante. Llegan un pelín tarde así que cuando abren la puerta del restaurante apresuran la mirada tratando de localizar a sus amigos. Ahí están, en una esquina del mundo haciéndose notar, gritando y pidiendo cervezas cada dos segundos.
Julio es un pelín más alto que el resto, un poco de barriga y una melena color negro muy intenso. Le gusta mucho hablar y siempre entremete temas polémicos, aunque bien puestos en la mesa. Justo cuando Pedro y Alicia llegan, están en medio de una gresca monumental sobre vaya uno a saber qué. Total, que Laura y él están discutiendo, pero eso no es nada nuevo. Laura, con esa sonrisa siempre preparada para luchar por causas perdidas, no se pierde ni una en cuanto a discusiones se refiere. Ella ve la vida multicolor.
Después de semejante manjar que se meten entre costilla y costilla, se queda una tarde de ensueño en donde las ganas de comerse la vida no se dan ni un minuto de descanso. Alicia y Jimena salen a fumar entre café y gintonic y se ponen a conversar de esto y de aquello. No hace mucho que se conocen, pero la complicidad se hace hueco entre cigarro y cigarro y, aunque no tienen muchísimo en común, ambas comparten valores y un deseo irrefrenable por vivir la vida. ¿Y esto qué significa? Pues que a las dos les da bien igual cuantas caídas y magulladuras en las rodillas se puedan sostener si ello significa vorágine de pasión.
Esa tarde quedará para el recuerdo porque la vida le dio tregua a la pequeña Alicia. Ella, que no se esperaba un amor, se encontró con Pedro un sábado noche de mucho frío y demasiadas risas. Llegan a casa pasadas las once. Ella cierra la puerta con mucho sigilo porque él siempre le dice que hace mucho ruido. Que no sabe cerrar puertas.
– Mira… perdona –le dice Alicia en ese tono que pone ella cada vez que intenta ser sarcástica abriendo mucho los ojos-, no sabía que tu puerta necesitara manual de instrucciones para cerrarse.
– Si no es la puerta, Alicia. Eres tú, que eres muy patosa. –Y se va a la cocina como quien ha terminado la conversación sintiéndose ganador.
Es al acariciarle la mejilla y mirarle intensamente a los ojos cuando las palabras burbujean en su lengua y ahora sí que estamos en problemas. El deseo irrefrenable de gritar un te quiero se apodera de ella en forma de torbellino.
– Oye Pedro, recuérdame que te tengo que contar algo.
– ¿Y por qué no me lo dices ahora?
– Luego, en la cama.
Se preparan unas tostadas y, como Alicia está hecha de miedos e inseguridades y de un alma que trata de alimentarse de las alegrías del otro, prefiere que Pedro le dé el empujón. Así que planea decirle en la cama cuánto le quiere. Ella piensa que, si Pedro le pregunta qué era eso que tenía que decirle, se armará de valor y bailará con las palabras. Alicia está hecha de un cuerpo que se nutre del paso del tiempo y de sentir que la vida solo merece ser vivida en su máxima belleza. Ella quisiera abrazarle a mordiscos el alma y besarle con ternura todas las dudas porque quizá, en el futuro, se pierdan las maneras y la locura. Lo cierto es que ella le tiene miedo al tiempo porque es el tiempo el que araña y le arrebata los deseos y las pasiones. Pero es el mismo tiempo también el que le ha obsequiado con la mejor de las fiestas. Ella le tiene miedo al amor, pero no es capaz de detenerse, de no amar tan intensamente hasta que duele.
Pero Pedro olvida preguntarle nada a Alicia y a ella, a propósito, se le olvida sacar el tema. El domingo por la tarde Alicia coge el autobús para su casa como cada domingo después de estar con Pedro y de camino piensa en todas esas malditas sensaciones que le reconcomen por dentro y que le arañan hasta dejar huellas que duelen. Ella le da vueltas y vueltas porque le paraliza la idea de darlo todo por nada, de ser rechazada, de dar la vida y el alma a lo Lope de Vega. Pero Alicia ha aprendido a ser valiente, aunque le tiemblen las manos y, aunque no fueron sus labios sino sus dedos los que teclearon porque el amor moderno es tímido y cobarde, ella dio su paso.
Nada, oye que te escribo porque soy una cobarde que balbucea tonterías, pero es que te quiero un mundo entero. Y yo sé que nunca te lo he dicho y que no es nada valiente teclear en el móvil si bien podía haber dejado a mis labios pronunciar las palabras. Ya sabes cómo soy. Te quiero que me muero y me tiemblan las piernas lo que no está escrito cada vez que te veo y me pierdo en tu mirada, pero me encuentro cada vez que soy consciente de mí misma y de nosotros.
Hay un calor en el amor maduro que a uno le da la sensación de que se quedará para siempre. Alicia se dibuja cobarde hasta la médula, pero amar es de seres muy valientes que están dispuestos a jugarse hasta el alma. Así que seamos francos y justos con Alicia porque, aunque a ella le consuman las agonías y le entre pavor cada vez que la llaman novia, daría vida y media por Pedro y es capaz de convertir sus miedos, los de ella y los de él, en besos.



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